Democracias anárquicas

Si uno analiza la situación de la democracia en los países de América Latina, encontramos que en la inmensa mayoría de ellos existe un enorme malestar con su funcionamiento.

Este malestar ya existía antes de la pandemia del coronavirus. Recordemos las explosiones sociales en el año 2019 que conmocionaron a Chile, Colombia, Perú y varios otros países de la región.

En el año 2020 vino la pandemia, las economías se desplomaron, el desempleo aumentó y, sobre todo, la desigualdad, entre los que más tienen y los que menos tienen, se incrementó.

Cuando en la década de los 80 del siglo pasado cayeron las dictaduras militares de derecha en América Latina y las dictaduras comunistas de izquierda con el desplome de la Unión Soviética, muchos creyeron que la democracia se había impuesto definitivamente como el sistema político ideal.

En esa época el prestigioso profesor de Harvard Samuel Huntington publicó un importante libro titulado La Tercera Ola en el cual alertaba que desde el inicio de la Era Moderna habían existido tres grandes “olas “de democratización.

La primera ola fue en el siglo XVIII, después de la Revolución francesa y la Independencia de los Estados Unidos; la segunda fue después del final de la Segunda Guerra Mundial en 1945; y la tercera en los años 80, cuando tuvo lugar la caída del comunismo.

En cada ola muchos países se hicieron democráticos, pero también después de cada una ellas vinieron “contraolas “en las que muchos países volvieron a regímenes más dictatoriales.

La pregunta que se hace Huntington es ¿qué condiciones debe tener un país para que la democracia sea sostenible y pueda resistir las “contraolas“?

Su conclusión es que la democracia es sostenible solamente con buena educación y con bienestar económico de la mayor parte de la población.

Si no hay educación y hay mucha pobreza, la democracia se degenera en populismo y anarquía. Porque esta situación es el caldo de cultivo ideal para la aparición del líder mesiánico populista y/o del líder autoritario que imponga orden en medio del caos democrático.

Si observamos a la América Latina con este prisma, vemos que el nivel educativo de la región es de los peores del mundo. De acuerdo con lo que exponen informes del Banco Mundial, en el año 2019, antes de la pandemia, el 53 por ciento de los niños que terminaban la escuela primaria no podían leer ni entender un texto sencillo. Este índice es aún peor en el Paraguay con el 68 por ciento.

En lo referente al bienestar económico, desde el año 2000 hasta el 2014 las democracias latinoamericanas fueron muy ayudadas por el boom de los commodities, que fue un ciclo inusualmente largo de muy buenos precios de nuestras materias –soja, petróleo, cobre–, lo que generó un importante crecimiento económico y una fuerte reducción de la pobreza.

Pero este superciclo terminó y, para empeorar, vino la pandemia y ahora la guerra en Ucrania, que nos están llevando a muy bajos crecimientos económicos y a incrementos de la pobreza.

Por lo tanto, no debe sorprendernos el descontento que existe en toda América Latina, y que el mismo haya generado ya estallidos sociales y cambios políticos en Chile, Perú y Colombia y se encuentre latente o a punto de estallar en los otros países.

La crítica al sistema democrático es que los políticos viven de espaldas a esa realidad, ensimismados en sus disputas internas, en un electoralismo eterno, en un clientelismo descarado y en una corrupción desvergonzada. Esto ocurre en América Latina y en el Paraguay.

Teniendo en cuenta la conclusión de Huntington de que la democracia solamente es sostenible cuando hay educación con bienestar económico, el máximo esfuerzo de los políticos y de la sociedad entera por reducir la pobreza y dar saltos cuánticos en la mejora de nuestros niveles de educación son fundamentales para tener una democracia sostenible

Y no tenemos mucho tiempo para cambiar.

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