¿Países desarrollados sobreendeudados?

En los últimos meses venimos observando comportamientos atípicos en los mercados financieros internacionales. El yen japonés se ha depreciado de manera sustancial en los últimos años ubicándose alrededor de los 160 yenes por dólar. Desde los anuncios de la nueva política arancelaria del Gobierno de EEUU, el dólar se ha depreciado en más del 10% y se espera que continúe este año. El precio del oro y la plata se han casi duplicado en los últimos doce meses. Estos fenómenos cada vez llaman más la atención y generan ansiedad e incertidumbre en todo el planeta. Es importante entender los fundamentos que explican estos fenómenos y sus posibles implicancias, tanto a corto como mediano plazo.

Como punto de partida debemos considerar la evolución que estuvieron experimentando recientemente las políticas macroeconómicas de los países desarrollados, en un contexto geopolítico cada vez más fragmentado y en medio de un creciente proceso de desacople económico y comercial entre los principales países.

Con el objetivo de normalizar la política monetaria, una vez superado el largo periodo deflacionario que atravesó la economía japonesa, el Banco Central del Japón ha venido incrementando la tasa de interés llevándolo del -0,1% anual, donde la mantuvo por casi una década, al 0,75% anual actualmente. La Reserva Federal (FED) de EEUU viene haciendo lo contrario. Había aumentado su tasa de política monetaria para controlar la alta inflación que emergió de la pandemia, pero una vez que la inflación fue convergiendo hacia la meta del 2% anual, empezó a reducirla nuevamente hacia su nivel neutral. Luego de una pausa para evaluar los impactos de la política económica de Trump, la Fed reinició el proceso de reducción en setiembre e iría hasta mediados de año. Esta combinación de políticas debiera fortalecer al yen frente al dólar, pero pasó lo contrario.

Por otro lado, está la política fiscal, y los nuevos umbrales de endeudamiento de los países desarrollados no observados hasta ahora en tiempos de paz y cuya corrección no es prioridad de los actuales gobiernos, sino todo lo contrario.

Ha sido siempre llamativa la estrategia de deuda del Gobierno japonés. Según datos del FMI, alcanzó una relación de deuda bruta sobre PIB del 226% (la más alta del mundo). Incluso, luego de deducir el elevado volumen de activos financieros que posee la deuda neta permanece en el 130% del PIB al cierre del año pasado. A pesar de ello, la nueva primera ministra Sanae Takaichi anunció semanas atrás una reducción de impuestos y aumento de gastos de defensa, que ampliarán el déficit fiscal y la necesidad de endeudamiento. En paralelo, la política fiscal del presidente Trump en los EEUU apunta a mantener el elevado déficit que recibió del gobierno anterior, lo cual está incrementando aceleradamente el nivel de endeudamiento del gobierno federal. Según los datos del FMI, la relación de la deuda neta sobre PIB cerró el año 2025 en el 100% e irá incrementándose a un ritmo de 3 puntos porcentuales cada año, con el déficit fiscal actual del 6% del PIB, que se mantendría en los próximos años. Algo similar ocurre con Francia en Europa, con una deuda neta sobre PIB del 110% y con enormes dificultades políticas para reducir el abultado déficit fiscal cercano al 6% del PIB.

Esta combinación de factores ha incrementado la percepción y la prima por riesgo requerida por los inversionistas a la deuda de los países desarrollados. Se ha observado un aumento en las tasas de los bonos a plazos largos, de 10 y 30 años, en los últimos meses. Parece un contrasentido. Esto solo lo veíamos con países emergentes o subdesarrollados irresponsables. Si los gobiernos no toman las medidas de corrección, irá prevaleciendo la dominancia fiscal en las políticas monetarias, con sesgo inflacionario. En consecuencia, sus monedas, en particular el dólar, irán perdiendo su rol de refugio seguro para los inversionistas, con muy pocas opciones de diversificación y cobertura. Los instrumentos financieros emitidos en monedas de países con bancos centrales independientes creíbles, baja deuda y políticas fiscales sólidas serán beneficiados en este proceso, como está ocurriendo con el franco suizo, la corona sueca o el dólar australiano.

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