Saber jugar de chico

En el complejo y conflictivo mundo actual, el análisis geopolítico debe ocupar un lugar preponderante en la definición de la política exterior de un país.

La ubicación geográfica, el tamaño y los recursos que un país posee deben definir decididamente las políticas a ser adoptadas. Por ejemplo: para un país ubicado en el Medio Oriente, el conflicto árabe-israelí, el petróleo y el fundamentalismo islámico deberían ser factores determinantes en la definición de su política exterior.

La política exterior de una nación debe tener siempre como objetivo la defensa del interés nacional, que puede resumirse en tres: la supervivencia del Estado, la seguridad de su población y su prosperidad económica.

Nuestro Paraguay es un país ubicado en Sudamérica y, por lo tanto, lejos de las grandes potencias mundiales; es un país mediterráneo y territorialmente muy pequeño, rodeado de dos grandes países como son el Brasil y la Argentina.

Claramente nuestro gran objetivo de política exterior debe ser tener buenas y constructivas relaciones con nuestros dos enormes vecinos, especialmente con el Brasil, que es, por lejos, la economía más grande de la región.

Según las Naciones Unidas, el Brasil es la décima economía del mundo, es casi cuatro veces mayor que la Argentina, es el principal inversor extranjero y socio comercial del Paraguay, y en nuestro país vive la segunda mayor colectividad de brasileños fuera de su país.

A pesar de esta importancia vital para nosotros, la política exterior del gobierno de Peña desde el primer día puso como objetivo central el alineamiento total e incondicional a los Estados Unidos de Trump, que a su vez –por razones ideológicas– tiene un enfrentamiento importante con el Brasil de Lula.

Este alineamiento fue deteriorando nuestras relaciones con el país vecino y ese deterioro se ha demostrado en diversos eventos. Por ejemplo: el Brasil hizo fracasar la candidatura de Rubén Ramírez Lezcano a la Secretaría de la OEA; la inauguración del puente de Presidente Franco la hicieron por separado cada país y, por último, al trascendente acto de firma del Acuerdo Mercosur-Unión Europea –realizado en Asunción– no vino Lula para no encontrarse con Peña y posiblemente tampoco con Milei.

El deterioro de estas relaciones está profundizándose mientras tenemos temas muy importantes en la agenda bilateral como, por ejemplo, el Anexo C de Itaipú, el combate al PCC y el Comando Vermelho, el manejo de la hidrovía, etcétera.

Estados Unidos es, sin duda alguna, un actor clave poderoso y un socio relevante para nuestro país. Pero no es nuestro vecino, no controla nuestras rutas de exportación e importación, no coadministra Itaipú y no regula el inmenso comercio de frontera; todos ellos vitales para el Paraguay.

Una política exterior madura debe entender que la relación con Washington, aunque fundamental y muy valiosa, no puede ser excluyente y mucho menos construida a costa del deterioro de nuestros vínculos con el Brasil.

La historia demuestra que los países pequeños que mejor sobreviven y progresan no son los que eligen bandos con fervor ideológico, sino los que practican una diplomacia prudente, profesional y coherente con su poder y con su geografía.

La política exterior debe servir al interés nacional, no a la foto. Debe proteger intereses concretos y no expresar simpatías personales.

Recordemos que tanto el Paraguay como el Brasil y como Estados Unidos van a cambiar de gobiernos, de presidentes y de contextos políticos, pero ninguno puede cambiar de vecino.

Desconocer esa realidad no es audacia diplomática, es irresponsabilidad estratégica.

En momentos como estos siempre recuerdo un encuentro que tuvimos en Dende con el ex canciller del Uruguay Sergio Abreu y que él nos dijo: “Los países chicos como los nuestros tenemos que saber jugar de chicos”.

Y saber jugar de chico es evitar meterse en el medio de la pelea entre los países grandes.

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