El otro informe que nuestra democracia necesita

Alberto Acosta Garbarino

De acuerdo con lo establecido en nuestra Constitución, el presidente de la República presentó la semana pasada su informe anual al Congreso. Es un evento institucional muy importante porque permite que el Poder Ejecutivo rinda cuentas sobre su gestión y presente sus prioridades políticas para el futuro.

Hubo muchas críticas al contenido del informe tanto de ciertos sectores de la prensa como de los políticos de la oposición. Según los mismos el contenido del discurso estaba lleno de omisiones, presentación distorsionada de los datos y casi nula autocrítica.

Sin embargo, la naturaleza misma de este tipo de discurso hace que inevitablemente sea una visión parcial de la realidad. Quien gobierna pone el foco en sus logros, destaca los indicadores positivos y transmite optimismo.

Es explicable que así sea porque difícilmente un presidente va a enumerar sus errores, sus incumplimientos y sus oportunidades perdidas.

El problema de este tipo de informe no es que el presidente presente una versión favorable de su Gobierno, el problema es que esa sea la única versión institucional y confiable que reciba la ciudadanía.

En los Estados Unidos –de quien copiamos constitucionalmente la práctica de este informe– en el año 1966, la oposición republicana ante su gran descontento con la gestión del entonces presidente Lyndon Johnson decidió presentar una respuesta oficial al tradicional discurso sobre el Estado de la Unión.

No se trataba de impedir que el presidente exponga su versión, sino de ofrecer a la ciudadanía una interpretación diferente de los hechos. Así los ciudadanos podían escuchar ambos argumentos y formar su propio juicio.

Sería muy positivo que el Paraguay avanzara hacia una practica similar. No haría falta modificar la Constitución ni crear nuevas instituciones. Bastaría con que la principal fuerza opositora o una representación conjunta de los partidos de oposición realizara una presentación pública unos días después del mensaje presidencial exponiendo sus puntos de vista y análisis alternativos.

Este informe debería reconocer los aciertos que el Gobierno haya tenido durante su gestión, pero también debería señalar sus errores, sus promesas incumplidas y las cifras que merecen otra interpretación. En definitiva, ofrecería una mirada distinta sobre la situación del país.

La democracia no se fortalece cuando existe una sola narrativa, se fortalece cuando las distintas visiones pueden expresarse con seriedad, con datos, y con respeto.

El debate público gana calidad cuando las ideas sustituyen a los eslóganes marketineros y cuando los argumentos reemplazan a las descalificaciones.

Naturalmente, este informe alternativo también impondría mayor responsabilidad a la oposición. Ya no le bastaría con criticar desde las redes sociales o mediante declaraciones aisladas.

Tendría que elaborar un diagnóstico consistente, respaldado por información y acompañado de propuestas concretas. Sería una excelente oportunidad para demostrar que esta preparada para gobernar y no solamente para criticar. Los principales beneficiarios seríamos los ciudadanos que escucharíamos dos interpretaciones sobre el país: La del Gobierno que enfatiza sus logros y su rumbo, y la de la oposición que pondría el acento en las asignaturas pendientes y ofrecería caminos alternativos. Después cada ciudadano podría sacar sus propias conclusiones.

La democracia no se enriquece con menos debate, sino con más debate; no con menos pluralidad, sino con más pluralidad.

El informe presidencial ya es parte de nuestra tradición institucional. Quizás haya llegado el momento de incorporar también la respuesta institucional de la oposición.

No para restarle importancia al mensaje presidencial, sino para enriquecer la conversación democrática. Porque la realidad de un país se comprende mejor cuando puede escucharse más de una voz.

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