Mundial de Fútbol: Emoción y pasión con realismo

Esta semana comienza el Mundial de Fútbol y, como ocurre cada cuatro años, el planeta parece entrar en una dimensión distinta.

Las conversaciones son monopolizadas por este tema, las camisetas nacionales reaparecen en las calles y millones de personas vuelven a experimentar esa sensación tan particular de pertenecer a algo mas grande que es la patria,

La Albirroja pasa a ocupar un lugar central en todas las conversaciones en el Paraguay, lo mismo ocurre con la Albiceleste en la Argentina, con la Verdeamarilla en el Brasil y con cada selección nacional alrededor del mundo.

Durante unas semanas, las diferencias políticas, económicas y sociales parecen quedar en un segundo plano frente a un símbolo compartido: la camiseta nacional.

Eso ocurre porque el fútbol se ha convertido en algo más que un deporte. Es identidad nacional, es memoria colectiva y es sentimiento de pertenencia. El escritor uruguayo Eduardo Galeano afirmaba que el fútbol y la patria están profundamente ligados.

Y justamente por esa capacidad de despertar emociones tan intensas, el fútbol, en general, y el Mundial, en particular, han sido aprovechados a lo largo de la historia por diferentes lideres políticos y por dictadores.

Uno de los ejemplos más conocidos fue el Mundial de Argentina de 1978. Mientras el país vivía bajo una de las dictaduras más sangrientas de su historia, el campeonato sirvió para proyectar hacia el mundo una imagen de unidad, normalidad y felicidad nacional.

Mientras millones de argentinos celebraban los triunfos de su selección, a pocas cuadras de los estadios funcionaban centros clandestinos de detención y tortura.

Debido a la fuerte emoción nacional que despierta el fútbol el mismo también ha sido generador de importantes conflictos entre países. En 1969, los partidos eliminatorios entre El Salvador y Honduras para el Mundial de México 1970 se convirtió en la chispa que encendió una breve pero sangrienta guerra.

Esa dimensión casi bélica del fútbol también estuvo presente en nuestro país, cuando en las eliminatorias de 1969 nuestra selección se enfrentó a la poderosa selección brasileña de Pelé, Gerson y Rivelino.

En las calles de Asunción la euforia de los hinchas estaba desbordada y algunos diarios paraguayos pusieron titulares que decían “Vencer o morir”, la misma expresión asociada a los momentos más dramáticos de la Guerra de la Triple Alianza.

El partido de fútbol que fue presentado como una batalla nacional terminó con la derrota de Paraguay por 3 a 0 y el brillante periodista deportivo de aquella época Julio del Puerto resumió la situación con una frase memorable: “Ni vencimos ni morimos; perdimos”.

Con esas sencillas palabras logró devolver las cosas a su verdadera dimensión; se jugaba un partido de fútbol, no se libraba una guerra.

Allí encontramos una enseñanza importante para este Mundial que está a punto de comenzar. Debemos vivir la emoción y disfrutar la ilusión; debemos festejar los triunfos y sufrir la derrota.

El fútbol tiene la extraordinaria capacidad de generar alegría colectiva y de recordarnos que compartimos una identidad común. Esa es una de sus mayores virtudes.

Pero también es importante mantener cierta perspectiva: ningún gol elimina la pobreza, ninguna clasificación resuelve los problemas de educación, ninguna copa mejora nuestra salud pública. Los desafíos nacionales siguen siendo los mismos antes y después del pitazo final.

El Mundial merece ser disfrutado con pasión porque esa pasión es parte de la naturaleza humana. Sin embargo, una vez terminados los festejos, los países vuelven a enfrentarse a su realidad cotidiana.

Por eso, mientras alentamos a la Albirroja recordemos que los campeonatos se ganan en la cancha, pero el futuro de las naciones se construye todos los días, con trabajo, responsabilidad y honestidad… cuando ya se han apagado las luces de los estadios.

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