El electoralismo que nos devora

En los últimos quince días gran parte de los espacios en los medios de comunicación fueron ocupados por los temas electorales, primero fue si Alliana aceptaba su candidatura a presidente y luego si era Baruja o Latorre quien lo acompañaría como vicepresidente.
Siempre debemos tener presente que la política es una actividad que debe tener dos tiempos: El primero es el de ganar las elecciones y el segundo es el de gobernar. En nuestro Paraguay de hoy esta distinción prácticamente ha desaparecido porque el tiempo electoral se ha devorado al tiempo de gobernar.
Desde la llegada de la democracia en 1989 ha existido una regla no escrita, pero que se ha cumplido en general, el tiempo de gobernar se iniciaba desde la asunción presidencial hasta aproximadamente la mitad de su mandato, a partir de ahí comenzaba el tiempo electoral.
Los primeros años eran para gobernar, para solucionar los problemas heredados y para intentar implementar las promesas electorales. Después venía la disputa por la sucesión. No funcionaba con perfección, pero al menos preservaba un margen mínimo para poder gestionar.
Pero fue el propio presidente Peña el que rompió este endeble equilibrio cuando en agosto del 2024, apenas un año después de asumir el cargo –en un acto realizado en Pilar– decidió adelantar la carrera presidencial al instalar públicamente a Pedro Alliana como su sucesor
El mensaje fue muy claro para todos, el tiempo electoral había comenzado antes de tiempo. Y cuando un presidente abre públicamente la sucesión, automáticamente, se convierte en lo que los norteamericanos llaman un “pato rengo”.
El efecto fue inmediato. Los políticos entendieron que ya no había tiempo que perder y comenzaron a lanzarse las diferentes candidaturas, las de Arnoldo Wins en el partido de gobierno y las de Kattya González y Miguel Prieto en la oposición, por citar algunos.
El resultado que hoy tenemos es de un sistema político completamente desalineado en el que casi todos compiten y casi nadie gobierna. Cada actor está donde le conviene para las próximas elecciones, pero no donde el país lo necesita y las consecuencias son evidentes.
La primera consecuencia es la parálisis porque gobernar implica tomar decisiones que generan costos, pero en un ambiente de campaña permanente nadie quiere pagar esos costos. Se hacen marchas y contramarchas, se posterga todo: Reformas, ajustes, conflictos. El corto plazo manda sobre el largo plazo
La segunda consecuencia es la fragmentación del poder porque cuando la sucesión se abre el Gobierno deja de ser un bloque y se convierte en un archipiélago de ambiciones donde cada actor busca su propio posicionamiento y la coordinación desaparece.
La tercera consecuencia es la degradación del debate público. La discusión deja de ser sobre las políticas públicas y pasa a ser sobre las candidaturas. Los problemas del país como los de una educación de pésima calidad, un sistema de salud colapsado y una absoluta falta de infraestructura quedan fuera del centro de la escena y son reemplazados por el ruido electoral.
Esto que nos pasa no es un problema menor, es un problema gravísimo porque un país que está en campaña electoral permanente pierde capacidad de decisión y un país donde no se toman decisiones no se desarrolla.
La responsabilidad de esta situación no es difusa, tiene nombres y apellidos. Es del presidente que adelantó los tiempos, es del oficialismo que prioriza la interna sobre la gestión y es también de la oposición que se ha sumado a esta fiebre electoral.
Necesitamos recuperar el tiempo de gobernar, necesitamos que los políticos entiendan que ganar elecciones no es el objetivo final, sino es el medio para ejercer un poder que haga posible que nuestra gente tenga una vida más digna.
Recordemos que cuando la campaña electoral se vuelve permanente el Gobierno desaparece y cuando esto ocurre el único que pierde es el país.
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