Lula y su disyuntiva

El fin de semana pasado el presidente Lula fue reelecto sorpresivamente en segunda vuelta, revirtiendo el resultado negativo de la primera vuelta que había instalado la cuasicerteza previa de un triunfo de Flávio Bolsonaro. Esta expectativa había dado un impulso a la bolsa de valores de San Pablo y al real brasileño, en las semanas previas a las elecciones de segunda vuelta, por la percepción de los inversionistas de una mayor afinidad ideológica de Bolsonaro con políticas de libre mercado y de menor intervención estatal versus el creciente sesgo social en las decisiones de gasto público y en la política tributaria del presidente Lula. Ante el triunfo de este, los valores bursátiles cayeron hasta un 17% en la apertura del lunes llevando a una suspensión temporal de operaciones y el real retrocedió alrededor del 10%. Reacción similar, aunque de mayor magnitud tuvieron los mercados ante el probable triunfo de Lula en las elecciones del año 2002. Lo que pase con el Brasil tanto económica como financieramente es altamente relevante para nuestro país, por el impacto colateral que pueda tener en la economía.
Según las recientes proyecciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), la economía brasileña crecerá un 2,2% este año y el 1,9% en el año 2027. La tasa de inflación de los precios al consumidor superaría el techo del rango meta del Banco Central del Brasil para cerrar en un 4,8% anual este año, pero retornando dentro de la misma con un 3,8% anual en el 2027. Dado un crecimiento potencial de la economía brasileña de alrededor del 2% anual, estas cifras no parecen particularmente preocupantes.
Las debilidades están en las cuentas fiscales y en la falta de voluntad política del presidente Lula de controlar el astronómico gasto público. Según las proyecciones del FMI, la deuda bruta del Gobierno general cerraría este año en 97% del PIB y aumentaría al 99,3% del PIB en el 2027. Y el déficit fiscal, cuyo financiamiento lleva a incrementos de la deuda pública, alcanzaría el 7,7% del PIB este año y el 6,9% del PIB en el 2027.
Este déficit es resultado de un gasto del Gobierno general, que este año representa nada menos que el 48% del PIB. Si bien el FMI proyecta una tendencia decreciente para los próximos años, ello no se condice con los aumentos de gasto decididos por el presidente Lula durante este año electoral ni tampoco con su convicción de que hace falta más gasto social para seguir mejorando las condiciones de vida de los brasileños menos favorecidos.
Pero los contribuyentes ya no dan más. La presión tributaria, considerando los ingresos tributarios y contribuciones a la seguridad social del Gobierno general, ya representa el 34,3% del PIB, el más alto entre los países de América Latina y mercados emergentes, y es recaudado a través de una gran cantidad de diferentes tipos de impuestos, tasas y contribuciones en los tres niveles del Gobierno (federal, estatal y municipal) cuyo cumplimiento requiere de tiempo y un gran conocimiento y experiencia para evitar errores u omisiones. Se encuentra en proceso la implementación del impuesto al valor agregado (IVA) para simplificar el sistema tributario, pero la tasa estaría entre el 28-30%, la cual será probablemente la tasa de IVA más alta del mundo.
El tamaño del Estado en Brasil es muy grande para una economía emergente. Se convierte en una pesada mochila que frena la inversión, el crecimiento potencial y la capacidad de generación empleos decentes. El Brasil está inmerso en la trampa de los países de ingresos medios y requiere una dura corrección estructural que incluya como mínimo un congelamiento del gasto público en términos reales para generar un superávit fiscal primario, lo cual, al menguar la presión inflacionaria, permitiría al Banco Central reducir la tasa de interés de política monetaria. Ambos factores reducirían rápidamente el abultado déficit fiscal, recuperando la credibilidad y sostenibilidad de la deuda pública. Ante una disyuntiva similar en el 2002, Lula candidato había emitido su “carta al pueblo brasileño” comprometiéndose a mantener la disciplina fiscal y respetar los contratos que luego puso en práctica y le permitió ganar confianza de inversionistas brasileños y extranjeros. Veremos si en su cuarto mandato sigue siendo un presidente pragmático.
Respuestas