Paraguayos, a nuestras cosas

Hoy se juega la final de un Mundial que durante un mes hizo que el planeta entero viviera pendiente de los resultados de los partidos de fútbol.
Probablemente, este ha sido uno de los mundiales más politizados de la historia, con una cobertura mediática sin precedentes que relegó a un segundo plano casi todos los demás acontecimientos nacionales e internacionales.
Mientras se disputaban los partidos, las terribles guerras en Ucrania, Irán y Yemen, las tensiones geopolíticas y tantos otros desafíos que enfrenta la humanidad desaparecieron de las portadas. El resultado de un partido, una polémica decisión de un árbitro o un incidente entre los jugadores, ocuparon el centro de la conversación global.
Paraguay no fue la excepción; al contrario, la destacada y sufrida participación de nuestra Selección despertó un entusiasmo colectivo que hacía años no vivíamos.
El Gobierno de Peña aprovechó este sentimiento nacional para reforzar su discurso político que siempre apela al recuerdo de la guerra de la Triple Alianza, a la grandeza que por culpa de ella perdimos y al heroísmo que tuvimos. Durante todo el mes del Mundial la intensa propaganda, tanto del Gobierno como de las empresas privadas, nos llenaron de avisos publicitarios presentando la participación de nuestra selección en el Mundial como una nueva batalla nacional. Durante todas estas semanas las conversaciones giraron alrededor del fútbol, desde el rendimiento de los jugadores hasta episodios anecdóticos como el conflicto entre Celeste Amarilla y Mbappé. Era difícil encontrar espacios para hablar de otros temas.
Esta situación me recordó lo ocurrido en el año 1939 cuando el célebre filósofo español José Ortega y Gasset visitó la Argentina y quedó sorprendido con el comportamiento de los argentinos que gastaban enorme energía discutiendo –en los cafés y bares de Buenos Aires– cuestiones secundarias, mientras descuidaban los problemas fundamentales.
En aquella oportunidad en una conferencia el filósofo español lanzó una frase que quedó incorporada para siempre en el lenguaje político e intelectual de ese país: “Argentinos, a las cosas”.
El mensaje conserva hoy toda su vigencia. No significa despreciar las pasiones populares ni la cultura cotidiana. Significa que una nación no puede perder de vista los grandes temas que determinan su futuro.
Parafraseando a Ortega y Gasset, hoy podríamos decir: “Paraguayos, a nuestras cosas”.
Porque, el Mundial termina, pero nuestros problemas de siempre como la salud, la educación, la vivienda, la falta de infraestructura, la inseguridad y la corrupción siguen esperando atención y solución.
También nuestras oportunidades continúan ahí: Tenemos grado de inversión, una macroeconomía con dificultades, pero estable, tenemos una imagen muy atractiva en el exterior y cientos de empresarios están visitando nuestro país interesados en invertir.
Sin embargo, partiendo de la certeza de que sin energía no hay desarrollo para que estas inversiones sean una realidad tenemos hacer una serie de reformas institucionales imprescindibles, en nuestro actual sistema eléctrico.
Terminar de acordar el nuevo Anexo C de Itaipú, crear un Ente Regulador del Sistema Eléctrico independiente, sincerar la actual tarifa de la ANDE y recomponer una buena relación diplomática con el Brasil que hoy está muy deteriorada.
No hacerlo implica que en el año 2030 –que es mañana– vamos a enfrentar una grave crisis de falta de energía con una fortísimo impacto social, económico y también político.
El Mundial nos regaló emociones, orgullo y momentos inolvidables, pero ahora que finaliza con el último partido, tenemos que volver a mirar la cancha donde se juega el futuro del Paraguay.
Parafraseando de nuevo a Ortega y Gasset tenemos que volver a repetir: “Paraguayos, a nuestras cosas”.
Respuestas