Economía de guerra, con el enemigo adentro

Hace unos días el ministro de Economía y Finanzas afirmó que debido a las dificultades fiscales que hoy tenemos vamos a entrar en una economía de guerra. La metáfora es muy fuerte, pero puede ser muy útil para reflexionar.
Puede ser útil porque en toda guerra es imprescindible identificar a los enemigos a quienes debemos combatir, medir sus fuerzas y definir una estrategia de combate.
El problema con el que nos encontramos al usar la metáfora guerra es que el enemigo del Paraguay no está fuera del país, sino está dentro mismo de nosotros.
Ese enemigo no se llama solamente déficit fiscal. No se llama solamente falta de recursos por la caída del dólar. No se llama solamente exceso de gastos por la creación de un ambicioso y necesario programa llamado Hambre Cero, que fue lanzado sin una financiación sostenible.
El verdadero enemigo del Paraguay tiene un nombre conocido por todos nosotros: Corrupción y clientelismo.
Ambos devoran nuestros recursos, nos hacen tomar decisiones erróneas, destruyen la meritocracia entre los funcionarios públicos y degradan la calidad de los servicios del Estado.
Desde la lógica económica cuando el margen fiscal se estrecha la reacción natural es ajustar: Recortar, contener, postergar. Esa respuesta es necesaria, pero sería un error histórico creer que la salida de esta crisis consiste simplemente en gastar menos.
El problema de fondo de nuestro país no es el tamaño del gasto. Nuestro problema de fondo es la mala asignación de dicho gasto.
Nuestras dificultades actuales no se deben a la escasez de dinero, sino a la escasez de prioridades, por culpa de la mediocridad política que tenemos y por un modelo de Estado demasiado funcional a la conservación del poder y demasiado poco orientado al bienestar de la gente.
Mientras tanto, los enemigos reales de nuestro país: La enfermedad, la ignorancia y la falta de infraestructura, siguen cobrando víctimas todos los días.
Somos víctimas de la enfermedad porque un país que no cuida la salud de su población está hipotecando la dignidad, la productividad y la cohesión social.
Somos víctimas de la ignorancia porque sin educación de calidad es absolutamente imposible la movilidad social, la competitividad económica y una democracia con una ciudadanía plena.
Y somos víctimas de la falta de infraestructura porque sin rutas, energía, agua, logística, conectividad y obras públicas eficientes, el desarrollo se vuelve una frase vacía. Estos son los verdaderos frentes de batalla y allí debería estar concentrado el esfuerzo nacional. Sin embargo, demasiadas veces el Estado paraguayo pelea otra guerra: La de mantener privilegios, repartir cargos, asegurar lealtades y preservar estructuras clientelares. Y así, los recursos que deberían llegar a los hospitales, escuelas y caminos terminan diluidos en un sistema que administra poder, pero no resuelve los problemas de la gente.
Por eso si vamos a hablar de economía de guerra, hablemos seriamente. La economía de guerra no puede ser solamente un programa de recortes de gastos en forma indiscriminada o un programa de aumentos de ingresos a costa de los que siempre pagan sus impuestos.
El instrumento no puede ser la motosierra, sino el bisturí, que debe cortar ahí donde está el tejido enfermo, en el gasto político improductivo y en las estructuras parasitarias minadas de corrupción y de clientelismo. Ningún país gana una guerra financiando a su propio enemigo y eso es lo que hacemos desde hace décadas al aceptar como normal que el Estado sea el botín de los delincuentes.
El Paraguay necesita equilibrio fiscal, pero necesita algo mucho más importante que es una revolución ética y una revolución de prioridades.
Para el equilibrio fiscal tenemos un ministro de Economía y Finanzas que está cumpliendo su labor, pero para la revolución ética y la redefinición de prioridades necesitamos del liderazgo presidencial… Que hasta ahora ha estado ausente en esta tarea.
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