La seguridad energética antes que el Anexo C

Hace doce días nuestro país vivió un “miércoles negro” debido al apagón eléctrico que afectó a gran parte del territorio nacional. Las consecuencias y los costos del “apagón” son incalculables: Cirugías suspendidas, medicamentos y alimentos que requieren mantener la cadena de frío perdidos, y un tráfico colapsado.
Este “apagón” no se debió a la falta de generación de energía en Itaipú, sino exclusivamente a problemas en la línea de transmisión de la ANDE. Lo ocurrido debe hacernos pensar y, sobre todo, actuar para hacer frente a la enorme amenaza que se cierne sobre el Paraguay cuando en cuatro años más estemos usando la totalidad de la energía disponible en Itaipú, Yacyretá y Acaray.
Entonces, el problema será muchísimo más grave. No será un problema de transmisión o distribución. Será un problema de generación. Sencillamente no habrá suficiente energía para abastecer la demanda.
En los últimos 50 años hemos vivido con la convicción de que la energía eléctrica era un recurso inagotable. Exportábamos lo que no consumíamos y una buena parte de nuestra estabilidad macroeconómica y de nuestros bajos impuestos se sustentaron en nuestros ingresos energéticos.
Pero ese escenario está acabándose y veo con preocupación que tanto en el Gobierno como en la opinión pública no existen urgencia para enfrentar ese invierno que se nos avecina.
Nuestro país se ha acostumbrado a vender excedente energético, pero ahora tiene que comenzar a pensar que –en momentos pico– va a necesitar comprar energía.
Los debates en nuestro país siempre estuvieron basados en cómo fomentar la venida de industrias para usar nuestra abundante energía y cómo renegociar tarifas para la venta de nuestros excedentes en Itaipú.
Industrializar es una estrategia inteligente y obtener mejores condiciones tarifarias es legítimo, pero en medio de estas discusiones omitimos lo esencial: Nuestra seguridad energética.
Seguridad energética significa algo simple y fundamental que nunca falte energía y que el sistema eléctrico tenga la capacidad de responder ante sequías, picos de demanda, fallas técnicas o crisis regionales.
Hoy, el Paraguay no tiene esa seguridad porque depende exclusivamente de la hidroelectricidad que tiene una vulnerabilidad evidente: El clima. Nuestra dependencia del volumen de agua en la cuenca del río Paraná es total.
Paralelo a esto, nuestro crecimiento por consumo interno es imparable. La expansión urbana, la digitalización de la economía, la movilidad eléctrica, la radicación de industrias y la instalación de criptominería están elevando la demanda estructural.
Si este crecimiento continúa sin una planificación equivalente de la oferta, el desequilibrio y la crisis serán inevitables… en el corto plazo.
Reformar el sistema eléctrico es la solución a largo plazo, y debemos encararla, pero a corto plazo un acuerdo estratégico de intercambio energético con el Brasil –similar al que tiene firmado ese país con la Argentina y con el Uruguay– será vital para nuestra seguridad energética.
No es una opción ideológica, sino una necesidad pragmática. Brasil tiene una matriz energética sumamente diversificada que incluye 1.352 hidroeléctricas, 2 centrales nucleares, 1.135 parques eólicos y 19.000 granjas solares. La demanda eléctrica del Paraguay representa apenas el 2,6% de la capacidad de producción eléctrica del Brasil.
Un acuerdo de intercambio energético con el país vecino no debe estar movido por afinidades ideológicas con el Gobierno de turno, sino por una realidad palpable y de necesaria solución.
La principal discusión del futuro ya no debe limitarse a cuánto vale nuestra energía, sino a cómo garantizamos que nunca falte. No se trata de resignar soberanía ni de retroceder en nuestras conquistas históricas, se trata de comprender que la interdependencia inteligente y estratégica no debilita, sino fortalece.
Hoy la seguridad energética es más urgente que el Anexo C.
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