El déficit externo

Cuando un país gasta más de lo que produce de manera persistente, la clave está en cómo se financia.
El economista Martín Feldstein lo resumía así: “Para financiar un déficit externo, los países tienen que pedir prestado o vender sus activos al resto del mundo”.
El déficit externo se refiere al déficit en la cuenta corriente. Esta incluye la balanza comercial (exportaciones menos importaciones), así como el balance de los servicios, intereses, remesas y otros flujos con el exterior. En términos simples, la cuenta corriente muestra si un país está gastando más o menos de lo que produce.
Gastar más allá de lo que se produce puede ser un problema, pero el punto central no es el déficit en sí mismo, sino su financiamiento. Un déficit en la cuenta corriente requiere entradas de capital desde el exterior, ya sea mediante inversión extranjera o deuda externa.
Como señala Sebastián Edwards, los déficits en cuenta corriente pueden ser compatibles con una economía en equilibrio. Sin embargo, también pueden generar vulnerabilidad dependiendo de su tamaño, financiamiento y contexto.
Más allá de la visión mercantilista –que proponía tener superávits–, los déficits en la cuenta corriente no son necesariamente malos. El inconveniente aparece cuando son elevados, persistentes por años y financiados con préstamos de corto plazo.
Al cierre del 2025, el déficit de la cuenta corriente alcanzó el 3,2% del producto interno bruto (PIB), equivalente a 1.600 millones de dólares. En el último quinquenio 2021–25, el déficit promedio fue 2,6% del PIB. Estos valores son relativamente altos frente a los niveles históricos.
La cuenta corriente también puede explicarse como la diferencia entre lo que un país ahorra y lo que invierte. Cuando la inversión supera al ahorro nacional se tiene un déficit externo.
Un déficit externo que responde a más inversiones puede ser sostenible. Los retornos de las inversiones deberían permitir financiarlo. Incluso en el corto plazo, la inversión extranjera cumple un rol clave al permitir financiar el déficit con ingresos de capital.
Los datos actuales indican que la inversión extranjera directa alcanzó el 2,4% del PIB al cierre del 2025. Esto en buena medida contrarresta el déficit de la cuenta corriente. Pero todavía queda un margen que sería cubierto con otras entradas de capital.
En esa línea, hubo un aumento de la deuda privada externa, que llegó al 16% del PIB en 2025, un 1,1% del PIB superior al año anterior. Dicha suba obedece a deudas tomadas por instituciones financieras, que tendrían plazos en torno a los tres años.
Estos influjos de capital también podrían explicar, en parte, la apreciación cambiaria (baja en la cotización del dólar). Esto se debe a que la inversión extranjera y la deuda externa generan influjos de divisas.
El déficit fiscal también puede incidir en el déficit externo, porque reduce el ahorro nacional. Cuando ese desequilibrio se financia con deuda pública externa, implica entrada de capital, pero también mayores pagos de intereses a futuro.
Entonces, el déficit externo puede ser también reflejo de desequilibrios internos. Esto podría cobrar importancia en un contexto de déficit fiscal estructuralmente más alto, asociado a mayores gastos rígidos.
Ahora bien, la necesidad recurrente de renovar el financiamiento del déficit externo es particularmente relevante en el escenario internacional actual, marcado por mayor incertidumbre, precios del petróleo más altos y tasas de interés externas más elevadas.
En escenarios de alta volatilidad pueden producirse cambios repentinos en los flujos de capitales, que podrían complicar el financiamiento y afectar la estabilidad macroeconómica.
Finalmente, el déficit en cuenta corriente no es necesariamente un desequilibrio, pero cuando se vuelve persistente, lo importante es cómo se financia y si eso puede sostenerse en el tiempo sin generar dificultades.Como señala Sebastián Edwards, los déficits en cuenta corriente pueden ser compatibles con una economía en equilibrio. Sin embargo, también pueden generar vulnerabilidad dependiendo de su tamaño, financiamiento y contexto.
Más allá de la visión mercantilista –que proponía tener superávits–, los déficits en la cuenta corriente no son necesariamente malos. El inconveniente aparece cuando son elevados, persistentes por años y financiados con préstamos de corto plazo.
Al cierre del 2025, el déficit de la cuenta corriente alcanzó el 3,2% del producto interno bruto (PIB), equivalente a 1.600 millones de dólares. En el último quinquenio 2021–25, el déficit promedio fue 2,6% del PIB. Estos valores son relativamente altos frente a los niveles históricos.
La cuenta corriente también puede explicarse como la diferencia entre lo que un país ahorra y lo que invierte. Cuando la inversión supera al ahorro nacional se tiene un déficit externo.
Un déficit externo que responde a más inversiones puede ser sostenible. Los retornos de las inversiones deberían permitir financiarlo. Incluso en el corto plazo, la inversión extranjera cumple un rol clave al permitir financiar el déficit con ingresos de capital.
Los datos actuales indican que la inversión extranjera directa alcanzó el 2,4% del PIB al cierre del 2025. Esto en buena medida contrarresta el déficit de la cuenta corriente. Pero todavía queda un margen que sería cubierto con otras entradas de capital.
En esa línea, hubo un aumento de la deuda privada externa, que llegó al 16% del PIB en 2025, un 1,1% del PIB superior al año anterior. Dicha suba obedece a deudas tomadas por instituciones financieras, que tendrían plazos en torno a los tres años.
Estos influjos de capital también podrían explicar, en parte, la apreciación cambiaria (baja en la cotización del dólar). Esto se debe a que la inversión extranjera y la deuda externa generan influjos de divisas.
El déficit fiscal también puede incidir en el déficit externo, porque reduce el ahorro nacional. Cuando ese desequilibrio se financia con deuda pública externa, implica entrada de capital, pero también mayores pagos de intereses a futuro.
Entonces, el déficit externo puede ser también reflejo de desequilibrios internos. Esto podría cobrar importancia en un contexto de déficit fiscal estructuralmente más alto, asociado a mayores gastos rígidos.
Ahora bien, la necesidad recurrente de renovar el financiamiento del déficit externo es particularmente relevante en el escenario internacional actual, marcado por mayor incertidumbre, precios del petróleo más altos y tasas de interés externas más elevadas.
En escenarios de alta volatilidad pueden producirse cambios repentinos en los flujos de capitales, que podrían complicar el financiamiento y afectar la estabilidad macroeconómica.
Finalmente, el déficit en cuenta corriente no es necesariamente un desequilibrio, pero cuando se vuelve persistente, lo importante es cómo se financia y si eso puede sostenerse en el tiempo sin generar dificultades.
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