Los límites de una hegemonía

Las fuertes críticas al Gobierno de Peña hechas la semana pasada por dos importantes referentes de Honor Colorado –Gustavo Leite y Nicanor Duarte Frutos– nos mostraron con claridad el resquebrajamiento existente dentro del movimiento oficialista del Partido Colorado.
Las graves acusaciones de corrupción, de mala gestión y de un liderazgo débil del presidente, esgrimidas por ambos y la también fuerte respuesta de parte del ministro Riera, acusándolos de “carroñeros y cuervos”, generarán profundas heridas difíciles de sanar entre miembros de un mismo movimiento y debilitarán tremendamente la autoridad presidencial.
Este tipo de enfrentamiento fratricida ha sido la constante en todos estos años de vida democrática y es un fenómeno muy poco frecuente en las democracias maduras.
Estas disputas internas se explican porque el Partido Colorado ha conseguido mantenerse en el poder por decenas de años debido al prebendarismo, el clientelismo y a una corrupción fuertemente instalada, pero también en función de la habilidad de presentarse como Gobierno y como oposición al mismo tiempo.
En este sistema político de los distintos movimientos compiten “salvajemente” en las internas coloradas en las que se encuentra la verdadera rivalidad.
Pasando a ser las elecciones generales casi como una mera formalidad que ratifica lo que ya se resolvió en sus internas.
En las últimas elecciones, el movimiento Honor Colorado tuvo un gran triunfo y logró consolidar dentro del partido una clara supremacía por sobre todos los otros movimientos.
La consecuencia fue una concentración de poder nunca antes vista en nuestra era democrática.
Un movimiento político interno se ha vuelto el gran hegemón: Controlando el Partido Colorado y por su intermedio a los tres poderes del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
El gran filósofo y sociólogo marxista, el italiano Antonio Gramsci advirtió –hace casi 100 años– que toda hegemonía tiene sus límites. No existe un dominio total y perpetuo porque las alianzas políticas, económicas y sociales que las sostienen son dinámicas y muchas veces contradictorias.
Cuando un liderazgo concentra poder también concentra expectativas y cuando estas no se satisfacen plenamente surgen las disidencias.
El desafío actual de Honor Colorado no proviene tanto de la oposición tradicional, sino de su propio éxito. Al convertirse en el eje dominante del partido, absorbió una diversidad de intereses, liderazgos y aspiraciones que hoy comienzan a reclamar mayor espacio.
Es el costo inevitable de gobernar desde una posición hegemónica: Enfrentar no solo al adversario externo, sino también a las tensiones internas.
En el Paraguay la debilidad de los partidos políticos de la oposición hizo que el gran enfrentamiento político se traslade desde afuera al interior del Partido Colorado, pero ahora parece ir aún más adentro, al interior del movimiento Honor Colorado.
Todo esto nos hace presagiar graves problemas de gobernabilidad en lo que resta del mandato de Peña. Porque casi todos con la intención de desmarcarse del Gobierno actual van a comenzar a criticarlo cada vez con más fuerza: Comenzando con los políticos de la oposición, siguiendo con los de la disidencia colorada y ahora con sus propios compañeros de movimiento.
Este es un proceso que se repite cada 5 años antes de cada elección, pero el riesgo de ingobernabilidad puede ser mayor ahora, por la gran hegemonía que tiene Honor Colorado por la convalecencia de su líder Horacio Cartes y por la enorme debilidad política de Peña.
Ahora más que nunca se necesitará la participación activa de los principales referentes de la sociedad civil para evitar que los enfrentamientos políticos afecten a la economía y, sobre todo, a nuestra gente.
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